El fallido fallo de la Suprema Corte – Horacio Vives Segl

Las decisiones de la Suprema Corte frecuentemente tienen profundas consecuencias políticas —eso a nadie debe sorprender, pasa en todos los países—, pero la constitucionalidad de la consulta para linchar a los expresidentes cae en el terreno de lo partidista.

Lo que acabó por avalar la mayoría de los ministros terminó siendo una abdicación en beneficio político personal del titular del Ejecutivo. Sólo se esperaba que la Corte cumpliera con su papel de defensor de la constitucionalidad; nadie, absolutamente nadie en su sano juicio, le pediría a la cabeza del Poder Judicial que asumiera un papel de oposición política ante la figura presidencial y su movimiento político-electoral. Pero parece que a algunos ministros les quedó el saco (la toga, pues) y pensaron que pronunciarse contra la consulta equivalía a convertirse en “oposición”. Así, sucumbieron a la presión y decidieron no ser un tribunal de Derecho, sino de opinión pública. Queda la casualidad de que en esta importantísima definición político-partidaria acompañaron al ministro presidente —quien ya había dado algunas señales de ajuste político— los tres ministros propuestos por López Obrador y nombrados por el Senado en el presente sexenio.
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La Razón